Hay momentos en la vida en los que los problemas te desbordan. Por una parte, en el campo profesional, la excesiva carga de trabajo y los constantes roces con ciertos compañeros no te dejan descansar en tu tiempo de ocio. Por otra, en la vida personal ves que alguien muy importante para ti se está distanciando cada vez más y no puedes hacer nada al respecto.

En definitiva, no tienes tiempo para pasártelo bien. Decides dar la vuelta a la situación. Intentas solucionar las diferencias con los compañeros en el trabajo, lo mejor que puedes, pero  no dan su brazo a torcer y discutes con ellos. Cada vez te encuentras más cansado y te da por el culo ir a trabajar.

Por si eso fuera poco, en una de las pocas ocasiones que coincides con esa persona a la que no quieres perder, te ignora. Intentas hablar con ella, pero descubres que no existes en su mundo; la vuelves a cagar.

No entiendes nada, sientes que no puedes controlar la situación. Decides dejarte llevar. Entonces, la cerveza te alegra la noche. Al día siguiente te despiertas con mal cuerpo y te das cuenta de que nada ha cambiado: más trabajo, más problemas y por primera vez sientes ese vacío en tu vida personal que te impide vivir.

El próximo día abres los ojos, te levantas de la cama, subes la persiana, miras por la ventana y ves que hace un día estupendo. Giras la cabeza hacia el calendario, esa fecha marcada en rojo es tu cumpleaños. Café. Periódico. Ducha. Vuelves a la habitación, te sientas en la mesa, coges un lápiz y empiezas a dibujar el primero de los 60 dibujos que tienes que hacer durante todo el fin de semana.

Espero que no sea el mio.



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